En las montañas de Barahona se cultiva una de las actividades agrícolas con mayor potencial estratégico de la provincia: el café. Un cultivo con historia, identidad y reconocimiento que, a pesar del contexto favorable reciente, sigue dependiendo más de la inercia que de una visión clara de desarrollo. Mientras las exportaciones de café dominicano se duplicaron con un crecimiento histórico del 106.6% en 2024, gracias a una estrategia nacional de fortalecimiento productivo, Barahona —cuna cafetalera por excelencia— sigue rezagada en la tradición.
Durante las décadas de 1970 y 1980, el café de Barahona logró posicionarse en mercados internacionales, con exportaciones que superaban los 80,000 quintales anuales, lo que consolidó su nombre como referencia de origen. La caficultura barahonera se concentra en zonas altas como Polo, Paraíso, La Guázara y Santa Elena, donde el café arábica se produce entre los 600 y 1,300 metros sobre el nivel del mar, condiciones ideales para perfiles de taza diferenciados. Hoy, la mayor parte del café producido en la provincia se comercializa como materia prima, con escaso procesamiento local, débil articulación comercial y una presencia marginal en el segmento de cafés especiales que ha impulsado el crecimiento del sector a nivel nacional.
Aun así, el café continúa siendo un pilar social y ambiental para la provincia. Cientos de familias rurales dependen directa o indirectamente de este cultivo, que además, cumple una función clave en la conservación de suelos y fuentes de agua, especialmente en una provincia vulnerable al cambio climático y la degradación ambiental.
Los problemas son conocidos y persistentes: cafetales envejecidos, plagas recurrentes como la roya y la broca, acceso limitado a financiamiento y debilidades en el beneficiado y la poscosecha. A ello se suma la ausencia de infraestructura moderna que garantizaría una calidad homogénea, trazabilidad y cumplimiento de estándares internacionales, requisitos cada vez más determinantes en el comercio global del café.
Mientras tanto en el 2024, las exportaciones dominicanas de café alcanzaron US$41.1 millones, con un crecimiento superior al 100 %, y en el 2025 se consolidó una tendencia clave: cerca del 77 % del café exportado correspondió a café tostado, lo que refleja un giro hacia el valor agregado que aporta el procesamiento del grano, mejores precios y mayor control de la cadena productiva. En la Specialty Coffee Expo 2025, el café dominicano generó más de US$5 millones proyectados en intenciones de negocios, lo que confirma una respuesta positiva del mercado internacional al enfoque en origen, calidad y diferenciación.
La paradoja es evidente. Barahona cuenta con una identidad cafetalera reconocida, con un gran patrimonio de la marca de denominación de origen “Café Barahona”. Sin embargo, esa marca permanece más como un referente histórico que como una herramienta económica efectiva. Sin estrategia, la identidad no genera valor.
El desafío nunca ha sido producir más, sino producir mejor y vender distinto. Certificaciones, fortalecimiento real de cooperativas, inversión en beneficiado y tostado local, y la articulación del café con el turismo rural habrían permitido a Barahona insertarse en el segmento que creció y generó los mejores márgenes de los dos últimos años. Barahona no necesita redescubrir su café; necesita decidir qué hacer con él.
Convertir la tradición cafetalera y el patrimonio de marca en una política de desarrollo territorial es una oportunidad que exige coordinación, inversión y voluntad sostenida. En un momento excepcional para el café dominicano, permanecer sin rumbo es desperdiciar un activo capaz de sostener a cientos de familias de la provincia, la inacción en este panorama es renuncia. El Café Barahona puede seguir viviendo del eco de su historia o convertirse en progreso palpable. La diferencia no está en la tierra ni en el grano. Está en la estrategia.
Noel Alberto Suberví Báez
