Por Andrés Dauhajre hijo/Tomado de El Caribe
Rudy
Giuliani estuvo recientemente en el país invitado por el candidato
presidencial del PRM, Luis Abinader. Giuliani, quien serviría como
asesor de seguridad ciudadana si Abinader gana las elecciones, exhibe
una sólida reputación en la materia debido a la notable reducción en la
criminalidad que se verificó en la ciudad de New York (NYC) cuando
sirvió como Alcalde entre el 1ro. de enero de 1994 y el 31 de diciembre
del 2001.
Su
venida al país contribuye a elevar el nivel del debate en la campaña
electoral, pues permitiría poner sobre la mesa de discusión, una vez
elaborada, una propuesta para enfrentar el problema, que según todas las
encuestas, es el que más preocupa a los dominicanos.
Durante
la alcaldía de Giuliani, la tasa de homicidios por cada 100,000
habitantes en NYC se redujo en 66%, al pasar de 26.5 en 1993 a 8.9 en el
2001, un resultado envidiable para cualquier geografía urbana del
mundo. Sólo Portland (71%), en Oregón, y Raleigh (70%), en North
Carolina, exhibieron en ese período mayores caídas.
Giuliani
y una buena cantidad de expertos, sostienen que la sustancial caída del
crimen en NYC durante su gestión, se debió a la adopción de una
política de cero tolerancia contra cualquier tipo de crimen, sin
importar su magnitud, la cual se deriva del enfoque de las “ventanas
rotas” para aplicar la ley elaborado a partir de la teoría criminológica
de Wilson y Kelling (1982).
En
“Carrots, Sticks and Broken Windows”, una investigación del National
Bureau of Economic Research realizada por Hope Corman y Naci Mocan
(2002), se revela que el enfoque de las “ventanas rotas” ejecutado por
William Bratton, un discípulo de dicho enfoque que asumió el Comisionado
del Departamento de Policía de NYC entre 1994 y 1996, no impactó tanto
en el crimen como parecen sugieren sus defensores, aunque si tuvo un
efecto para reducir el robo.
Sostienen
que otros factores jugaron un papel más determinante en la reducción
del crimen en los años de Giuliani, resaltando el crecimiento de 35% en
el número de policías, el aumento en las tasas de arresto que dio lugar a
un incremento de 24% en el número de presos, y los cambios demográficos
reflejados en una menor población juvenil. Otros resaltan también la
reorganización de la policía, la introducción de programas innovadores
para dar seguimiento al crimen (CompStat) y el controversial “stop and
frisk” a sospechosos. Y claro, el boom económico de los 90s.
En
New York, el desempleo cayó 48% entre 1992 y el 2000, al bajar de 8.6% a
4.5%, lo que según Corman y Mocan, contribuyó a reducir el crimen. No
es por casualidad que éste cayó también en una buena parte de las
ciudades de EUA durante 1993-2001.
Además
de las bajas sustanciales que experimentó la criminalidad en Portland y
Raleigh, se observan caídas dramáticas en San Diego y Seattle (65%),
Charlotte (64%), San Antonio (62%), Fresno (60%), Long Beach (55%), San
Francisco y Cleveland (51%), Oakland (50%), Los Ángeles (49%), Houston
(48%), y Jacksonville, Miami y Denver (47%).
En
ese mismo período el crimen cayó notablemente en algunas ciudades
latinoamericanas. El caso más dramático es el de Bogotá, donde la tasa
de homicidios cayó de 81 en 1993 a 32 en el 2001, un desplome de 60%.
Resalta que esta baja en la criminalidad se produjo a pesar de que el
desempleo en Colombia aumentó en 112% entre 1993 (8.6%) y el 2001
(18.2%).
Muchos
expertos en seguridad ciudadana han analizado las medidas adoptadas
-bajo el enfoque social positivo-, por los alcaldes de Bogotá, Antanas
Mockus (1995-1997, 2001-2003) y Enrique Peñalosa (1998-2000, 2016-).
Allí
el número de policías no fue aumentado (10,500 en 1995, 10,350 en
2004), pero si su preparación, especialmente, en resolución pacífica de
conflictos, su dotación de equipos (automóviles, motocicletas, equipos
de comunicación, nuevos uniformes con chaqueta de color llamativo) e
infraestructura (destacamentos policiales).
La
confianza en la Policía, percibida como corrupta e ineficiente, subió
de 17% en 1992 a 64% en 2004. Mockus y Peñalosa exhibieron un
comportamiento apegado a la honestidad, lo que les permitió gozar de un
elevado prestigio entre los bogotanos o cachacos. Dado que la cabeza
estaba limpia, a los mandos medios y bajos se les dificultaba desviarse.
La
policía recibió la ayuda de 420 mimos contratados por la Alcaldía de
Mockus, para motivar a los cachacos a respetar las reglas de civilidad.
Se reclamaron espacios anteriormente secuestrados por delincuentes para
ser convertidos en centros de provisión de salud, escuelas, parques,
canchas deportivas y destacamentos policiales. Fortalecieron las
Comisarías de familia para que los vecinos resolviesen sus conflictos
entre ellos.
Al
descubrir la fuerte asociación entre el excesivo consumo del alcohol y
la tenencia ilegal de armas, establecieron el cierre de los locales
nocturnos y la prohibición de vender alcohol después de la una de la
mañana. Con el apoyo de la Iglesia, fomentaron la devolución de armas
por parte de la población. Y quizás lo más importante de todo: era el
Gobierno, no la Policía, quien estaba al frente de la seguridad
ciudadana.
Giuliani
visitó Bogotá en el 2011 para respaldar la propuesta de Gina Parody,
candidata a la Alcaldía, quien quedó en tercera posición detrás de Petro
y Peñalosa, y más recientemente, para asesorar al Gobierno de Santos.
El 15 de mayo del 2014, Giuliani informó a CBS que acababa de regresar
de Colombia, indicando que se sentía muy orgulloso pues la criminalidad
había bajado 23% en Bogotá. Es cierto que la criminalidad bajó 23% del
2011 (22.1) al 2012 (16.9) en Bogotá siendo Petro el alcalde de Bogotá,
pero se ha mantenido invariable entre 2012 y 2015.
Uno
de los aportes más importantes que ha hecho Giuliani al debate de este
problema es cuando afirma que “la percepción persigue la realidad al
menos por unos años. Un ejemplo es que la ciudad de Bogotá ahora es muy
segura, pero mucha gente no cree en eso, porque por un buen tiempo fue
una ciudad muy peligrosa, la gente todavía cree que es peligrosa”.
Esta
afirmación, tiene un serio problema. No se aleja lo suficiente de lo
dicho hace unas semanas por el ministro de Interior y Policía, José
Ramón Fadul, cuando señaló que “la gente tiene una percepción muy alta
de que en el país hay delincuencia, pero que la realidad es que ésta ha
bajado considerablemente y que ya no hay tanta como en el pasado.”
La
realidad es que la criminalidad aquí ha bajado 33% entre el 2011 (25.1)
y el 2015 (16.8). Incluso, en el 2015 cerramos con un índice de
homicidios de 16.8, menor al exhibido por Bogotá (17.4), ciudad que
Giuliani considera “muy segura”. La paradoja podría deberse a que el
problema fundamental no parece residir en el índice de homicidios, sino
en el de robo, cuyas estadísticas oficiales en nuestro país, dado el
bajo nivel de confianza de la policía, podrían estar subestimando
considerablemente la realidad.
Lo
que si parece claro es que la lucha contra la criminalidad en el mundo
ganaría mucho si Mockus, Peñalosa y Fadul entrasen como “partners” de
Giuliani en su prestigiosa firma. Todos los enfoques que los cuatro han
adoptado para reducir el crimen, contribuirían a reducirlo no sólo en
las principales ciudades latinoamericanas, sino también en Baltimore,
Detroit, New Orleans, Cleveland, Washington, Milwaukee, Kansas City,
Memphis, Atlanta, Oakland, Las Vegas, Miami y Philadelphia, ciudades
norteamericanas con niveles de criminalidad mayores que los que hoy
exhiben Bogotá y Santo Domingo. l
