El secreto peor guardado de la política dominicana: la elección de Danilo Medina como presidente del PLD. Empezó como susurro en los periódicos que no se atrevían a asumir la candidatura.
Una prudencia única en una opinión
pública que se caracteriza por la contundencia. Dice y nunca se desdice, como
si la información procediera del Sinaí.
Ahora fue más cauta y se conformaba
con abrir un compás de espera y alimentar las intrigas, como si no pudiera
alterarse un designio del Olimpo.
¿Acaso una vez no fue considerado
ungido, una condición que no solo enaltece, sino que va más allá de lo
propiamente humano?
El panorama era propio de campo,
donde se dice que yagua que está para un burro, no hay vaca que se la coma.
En el PLD se aspiraba al comité
Central, al comité Político, a la secretaría general, pero ninguno osó, en un
partido con locos difíciles de bañar, pretender o correr para la máxima
posición.
La escogencia no solo fue por
unanimidad, Medina ganó por forfait. Nadie más se presentó, y no puede alegarse
lluvia ni dificultades en el tránsito.
¿Liderazgo? Una forma de entender la
situación. ¿Respeto? Igualmente otra. ¿Autoridad? Lo incuestionable no se
discute.
En el PLD de estos días el expresidente
Medina es un dogma, y solo basta conocer la historia de ese partido o los
modelos que tuvo en cuenta Juan Bosch para fundarlo para entender el concepto.
¿Cómo disputar con Medina dentro del
partido morado, si el hoy presidente del PLD no solo se le impuso, sino que
humilló a Leonel Fernández?
Los orgasmos en política se suceden
de manera extraña, pero cual que sea la circunstancia, garantizan placer.
Internamente lo derrotó con una pistolita de mito.
La campaña, no las elecciones,
dejaron claro que Gonzalo Castillo era el menos preparado políticamente, y
culturalmente también, de los aspirantes oficialistas.
El líder deshonró su condición, y no
le quedó de otra que por vergüenza irse a hacer fogata en la playa, donde
importan más las llamas que los borrachos en traje de baño.
