Todo país tiene derecho a establecer controles fronterizos, la República Dominicana también. Todo país tiene el deber de establecer cruces de frontera eficaces, la República Dominicana también.
La historia de la migración es tan
antigua como la humanidad. Los seres humanos siempre han fluido desde donde
están peor hacia donde piensan que estarán mejor, y esa migración genera con
frecuencia resistencias y disputas.
Muchos haitianos emigran a la
República Dominicana, y muchos dominicanos emigran a los Estados Unidos.
A diferencia de muchos mexicanos o
centroamericanos que han cruzado la frontera terrestre de manera irregular, los
dominicanos tienen alta tasa de legalidad en los Estados Unidos porque:
1) después de la ocupación militar
de 1965, el consulado aumentó el número de visas de residencia a los
dominicanos como forma de reducir las tensiones políticas en el país,
2) la Ley de Migración de los
Estados Unidos vigente desde 1965 favorece la reunificación familiar, por lo
cual, los residentes legales y ciudadanos pueden pedir a sus familiares
cercanos, y
3) en las décadas de 1960, 1970 y
1980, los dominicanos indocumentados en Estados Unidos pudieron casarse con
otros dominicanos con estatus legal, con puertorriqueños o cubanos.
La historia de la migración haitiana
a la República Dominicana, por el contrario, registra una alta tasa de
ilegalidad porque la República Dominicana escogió ese modelo migratorio para
sus vecinos.
En la Era de Trujillo, los haitianos
eran traídos al país como braceros por el propio Gobierno dominicano, en
acuerdos con el de Haití (otra dictadura) para trabajar en los ingenios
azucareros. Muchos de esos haitianos se quedaron la vida entera en los bateyes,
donde procrearon hijos, y sus hijos nietos, etc., y muchos de ellos nunca
obtuvieron documentación.
Por su parte, la Constitución de
2010 y la Sentencia TC 168-13 de 2013 se encargaron de cerrar toda posibilidad
de que los descendientes de inmigrantes indocumentados tengan la posibilidad de
ser dominicanos.
El modelo de importación de braceros
continuó hasta principios de la década de 1980 y con la caída de la dictadura
de Duvalier en 1986, la migración haitiana hacia la República Dominicana siguió
su agitado curso sin regulación. No porque no hubiera un muro en la frontera,
sino porque los empresarios en la agricultura (no solo azucareros) y la
construcción encontraron en la mano de obra haitiana un baratillo.
De hecho, en la República
Dominicana, la tasa de ocupación de los haitianos es mayor que la de dominicanos
porque muchos empleadores los prefieren, ya sea porque no encuentran
dominicanos para realizar los trabajos más duros bajo el sol, o porque pueden
explotarlos más.
Por su parte, en la frontera, los
militares y oficiales de migración encontraron su negocio corrupto con el
tráfico ilegal de haitianos.
La mayoría de los dominicanos no
quiere a los haitianos en territorio dominicano: son pobres, son negros, tienen
un idioma y cultura diferente, y ocuparon una vez el lado dominicano.
Por eso, muchos dominicanos se
expresan a favor de la construcción de un muro. Luis Abinader ha ofrecido ahora
una verja perimetral en segmentos de la frontera. Usa un recurso populista que
trae aplausos en medio de una crisis sanitaria y económica que dificulta
gobernar.
Pero ojo: aún se construya un muro
desde Monte Cristi a Pedernales, los haitianos seguirán en la República
Dominicana porque muchos empresarios y el Gobierno los emplean, y porque los
oficiales de frontera cobran peaje para que lleguen.
Sin documentación, los haitianos son
súper-explotados, y ellos lo aceptan porque son muy pobres y su país está
destrozado.
El Presidente usa un recurso
populista que trae aplausos en medio de una crisis sanitaria y económica.
