Por Ramón Espinola /Facebook
EL MOMENTO CRUCIAL DE CUBA HA LLEGADO
(Dedicados a los que quieren ser muy inteligentes y solo repiten la palabra “bloqueo” que la propagada los obliga, o para los imbéciles de siempre, que no entienden y nunca entenderán nada en la vida)
(Los pueblos, cuando son domesticados durante demasiado tiempo, desarrollan una peligrosa virtud: la memoria acumulada. Y cuando esa memoria despierta en nombre de la libertad, no pide permiso ni modales; simplemente arrasa. Conviene, pues, que los amos no confundan paciencia con resignación… ni silencio con olvido.)
La historia de Cuba no es un relato lineal ni dócil: es, más bien, un tejido de contradicciones donde cada época parece discutir con la anterior sin llegar jamás a un acuerdo civilizado.
Ni siquiera los propios cubanos han logrado, del todo, descifrar ese espejo roto en el que se miran.
La isla, con una vocación casi teatral, ha hecho de la división su más constante tradición.
Durante los largos siglos de coloniaje bajo España, Cuba fue un escenario donde la lealtad y la traición bailaban al mismo ritmo.
Más tarde, bajo la tutela —siempre “bienintencionada”, como suelen ser las tutelas imperiales— de Estados Unidos, la isla perfeccionó ese arte de pertenecer sin ser dueña de sí misma.
Los recursos, como ocurre en toda economía “orientada desde afuera”, quedaron cuidadosamente en manos extranjeras, mientras la burguesía criolla —eficiente, disciplinada y oportunamente obediente— hacía de capataz ilustrado.
Porque en el Caribe, como bien sabemos, el látigo rara vez desaparece: simplemente cambia de acento.
Se ha repetido hasta el cansancio que Cuba vive bajo embargo desde hace décadas, como si la historia comenzara cuando conviene al discurso.
Pero conviene recordar —aunque incomode— que el primer embargo moderno fue decretado el 14 de marzo de 1958 por la administración de Dwight D. Eisenhower, restringiendo la venta de armas al régimen dictatorial de Fulgencio Batista. Es decir, el embargo nació antes de la revolución, aunque luego se haya convertido en su excusa favorita.
El segundo acto de esta ópera política llegó en octubre de 1960, cuando el nuevo gobierno encabezado por Fidel Castro decidió expropiar propiedades estadounidenses, provocando la respuesta que hoy conocemos como bloqueo.
Todo ello quedó elegantemente formalizado en la Séptima Conferencia de Cancilleres celebrada en San José.
Pero lo verdaderamente fascinante —porque en política lo fascinante suele ser lo cínico— fue el contexto.
Mientras los países latinoamericanos pedían sanciones contra la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo por su atentado contra Rómulo Betancourt, Estados Unidos se mostró, súbitamente, como defensor de la moderación. ¡Qué ternura diplomática! Amenazó incluso con retirarse… no por principios, sino porque el guion exigía dramatismo.
Al final, la jugada fue impecable: se condenó a Trujillo… y de paso se metió a Cuba en el mismo paquete. Dos pájaros de un tiro, como dicta el manual del poder cuando se escribe con tinta invisible.
Ahora bien, la comparación entre ambas dictaduras revela una verdad incómoda: el bloqueo no siempre derrumba tiranos. A Trujillo no lo tumbó la escasez, sino las balas. Y no porque el bloqueo fuera ineficaz, sino porque el dictador dominicano tenía algo que en política vale más que la ideología: liquidez.
Trujillo, ladrón meticuloso —virtud indispensable en dictaduras exitosas—, acumuló recursos suficientes para comprar en cualquier mercado. Mientras el discurso hablaba de soberanía, el dinero hablaba todos los idiomas. Compraba petróleo en Oriente Medio, medicinas en Europa y estabilidad en el silencio.
En cambio, la Cuba revolucionaria, con toda su épica y su retórica de dignidad, olvidó un detalle prosaico: las economías no se alimentan de consignas.
Y cuando intentó comprar alimentos en República Dominicana ofreciendo pagar “luego”, recibió la respuesta más brutal del capitalismo caribeño: aquí se vende al contado. Sin romanticismos. Sin ideología. Sin crédito para la mala fama. Los polleros de Moca no quisieron venderle a Cuba fiao, prefirieron a los haitianos que pagan en dólares y al contado. Eso debería darles vergüenza a los que mandan medalaganariamente en Cuba.
Porque hay una ley no escrita —pero universalmente respetada—: el que no paga, no compra. Y el que no inspira confianza, no accede a crédito, por muy revolucionario que sea su discurso.
De ahí que Cuba no forme parte de instituciones como el Banco Mundial o el Banco Interamericano de Desarrollo.
No es un castigo ideológico, como suele alegarse con conveniente victimismo; es, más bien, una consecuencia financiera.
En el mundo real —ese que no se rige por consignas—, la confianza es moneda, y Cuba hace tiempo que la devaluó. Lo que tiene son papeles viejos sin valor ni respaldo.
Y aquí emerge la gran paradoja: una revolución que enseñó a leer, pero no logró que su economía escribiera una historia sostenible.
Una revolución que curó cuerpos, pero dejó enfermo el aparato productivo.
Una revolución que vistió de dignidad a América Latina, pero terminó desvistiendo de prosperidad a su propio pueblo.
Conviene decirlo sin anestesia:
—En lo simbólico, Cuba fue gigante.
—En lo económico, ha sido un naufragio administrado.
Y como toda construcción sostenida sobre desequilibrios, ha llegado al punto en que la retórica ya no alcanza para tapar la realidad.
Porque ni la épica llena estómagos ni los discursos iluminan ciudades cuando falta electricidad.
Así las cosas, el momento actual no es solo crucial: es inevitable.
Cuba se enfrenta a la más peligrosa de las revoluciones: la que ya no se hace en nombre del poder, sino contra él.
Y aquí conviene sugerir —con la prudencia que permite la ironía— algunas herejías necesarias:
—Apertura económica, porque el hambre no entiende de dogmas.
—Libertad política, porque el pensamiento único es la antesala del estancamiento.
—Liberación de los presos políticos, porque ninguna revolución debería temer a las ideas.
—Inversión extranjera, porque el aislamiento es un lujo que solo disfrutan los ricos.
—Renovación del liderazgo, porque aferrarse al pasado es la forma más elegante de morir lentamente.
Todo esto, claro está, si se desea evitar que lo que un día fue faro termine reducido a ruina administrada por burócratas con uniforme de eternidad.
Y para que aquella esperanza que alguna vez iluminó a los pobres de América no termine sepultada bajo ese sofisticado entramado empresarial llamado GAESA —esa curiosa criatura donde el socialismo administra capital como si fuera un holding privado—, convendría recordar una verdad elemental:
Las revoluciones no fracasan cuando son atacadas, fracasan cuando se convierten en sistema…
y el sistema, como todo poder sin control, termina sirviéndose a sí mismo.
Porque al final —y esto la historia lo repite con una paciencia casi cruel—
Porque no hay tiranía más eficiente que aquella que aprendió a llamarse justicia.
