miércoles, 3 de junio de 2026

NATANAEL GUTIÉRREZ: "La nostalgia no es una estrategia de desarrollo"


Por Dr. Natanael Gutiérrez

Durante décadas hemos escuchado hablar de la gran Barahona del siglo pasado.

Quienes vivieron entre las décadas de 1920 y 1970 recuerdan una provincia dinámica, llena de actividad económica y oportunidades. Buena parte de aquella realidad estuvo vinculada al Ingenio Barahona, motor de una economía que marcó a varias generaciones.

Vale la pena estudiar aquella época con profundidad: comprender qué ocurrió, cuáles fueron sus fortalezas y qué lecciones puede dejarnos para el presente.

Pero la pregunta más importante no es por qué Barahona fue grande. La pregunta es cómo podemos construir una nueva etapa de prosperidad en el siglo XXI.

Porque el mundo cambió.

La economía que conocieron nuestros padres estaba basada principalmente en la producción. Hoy, las regiones más exitosas compiten por algo diferente: innovación, talento, servicios y calidad de vida.

También debemos reflexionar sobre otro fenómeno que pocas veces discutimos. Muchas de las familias que ayudaron a construir la historia económica y social de Barahona terminaron marchándose; sus hijos y nietos hoy viven en otras ciudades y países.

Cuando las oportunidades disminuyen, el talento emigra.

Por eso, el desafío de nuestra generación no consiste únicamente en evitar que los jóvenes se vayan, sino en crear las condiciones para que algún día quieran regresar.

Recuerdo una conversación con mi padre a principios de los años noventa. Había contado las copiadoras existentes en la ciudad eran doce y su conclusión fue simple: "No quiero ser el número trece." Su idea era comenzar con dos máquinas para ofrecer un servicio más rápido que el de los demás.

Con los años entendí que aquella conversación no era sobre copiadoras. Era sobre innovación.

También recuerdo cuando me decía: "Si una copia sale con una raya, rómpela. No te están pagando para que admitas errores." O cuando decidió abrir al mediodía porque todos los demás cerraban.

Detrás de esas decisiones existía una filosofía sencilla: mejorar continuamente. Y esa sigue siendo una de las grandes lecciones del desarrollo.


Hoy sabemos que las personas no compran únicamente productos; compran confianza, experiencias y valor. Las ciudades funcionan igual: no compiten solamente con carreteras o edificios, sino con calidad de vida, servicios, oportunidades e identidad.

Por eso, el desarrollo de Barahona no depende únicamente de nuevas obras, sino también de la calidad de nuestros servicios, de nuestras instituciones y de nuestra capacidad para innovar.

Las investigaciones de economistas como Daron Acemoglu, Simon Johnson y James Robinson han demostrado que las sociedades más prósperas son aquellas que construyen instituciones capaces de generar confianza, oportunidades e innovación.

Pero tampoco basta con exigir al Estado. Los empresarios tenemos responsabilidades.

Durante mucho tiempo hemos pensado que el consumidor debe apoyarnos por el solo hecho de ser locales. La realidad es otra: somos nosotros quienes debemos ganarnos su confianza cada día.

Las empresas más exitosas del mundo entendieron algo fundamental: no venden productos, diseñan experiencias. Y eso cambia completamente las reglas del juego.

También debemos comenzar a identificar oportunidades que antes no existían. Mientras muchos países enfrentan el envejecimiento de su población como un problema, Barahona podría convertirlo en una ventaja. Nuestro clima, nuestra naturaleza y nuestra calidad de vida nos permiten pensar en una economía vinculada al bienestar, la salud, el retiro activo y los servicios especializados.

Nada de eso ocurrirá por accidente. El desarrollo nunca ocurre por accidente: sucede cuando una sociedad decide organizar sus ventajas alrededor de una visión compartida.

Y para lograrlo debemos abandonar una costumbre que durante demasiado tiempo nos ha acompañado: la nostalgia.

La nostalgia puede ser útil para entender el pasado, pero no es una estrategia de desarrollo.

Las regiones que prosperan son aquellas que estudian su historia, comprenden su presente y diseñan deliberadamente su futuro.

Barahona tiene mar, montañas, biodiversidad, talento, identidad y potencial. Lo que necesita es una visión compartida capaz de convertir esos activos en oportunidades reales.

La generación que construyó el Barahona del siglo pasado hizo lo que le correspondía con las herramientas de su tiempo.


Ahora nos toca a nosotros no para repetir su historia, sino para escribir la nuestra. Porque el futuro de Barahona no será heredado. Será construido.