En política, hablar es gobernar. Pero callar también comunica. Y a veces comunica más.
Luis Abinader llegó al poder con una promesa implícita que valía tanto como cualquier obra: la promesa de dar la cara. Frente al estilo hermético de Danilo Medina, Abinader fue el giro contrario: el presidente que hablaba, respondía, explicaba y comparecía cada lunes como quien firma un contrato semanal con la ciudadanía. Mientras otros gobiernos administraban el silencio como escudo, él administró la palabra como activo político. Su mensaje era claro: un gobierno que habla es un gobierno que no teme ser cuestionado.
Por eso duele y preocupa lo que hoy registra la prensa nacional: el mandatario que hizo de la exposición un método de gobierno se está alejando del micrófono. La Semanal con la Prensa, lanzada en agosto de 2023 como símbolo de diálogo directo, no se transmite desde el 8 de diciembre de 2025. En enero, el Gobierno informó que seguiría «en pausa» mientras incorpora nuevas tecnologías. Sin fecha. Sin reglas. Sin retorno anunciado.
Y en política, una pausa sin fecha se parece demasiado a una cancelación sin admitir.
El lunes que se apagó
La Semanal fue mucho más que una rueda de prensa. Fue un escenario político, un mecanismo de control de agenda, una herramienta de defensa gubernamental y, sobre todo, un ritual democrático: el poder sentado frente a las preguntas, cada semana, a la misma hora.
Para el dominicano de la diáspora, era todavía más. El que trabaja doble turno en el Alto Manhattan, el que limpia oficinas en Madrid, el que maneja un taxi en Lawrence: ninguno puede tocar la puerta del Palacio Nacional. Su acceso al Presidente era una pantalla y un enlace de YouTube. La Semanal era el único espacio donde dos millones de dominicanos en el exterior podían ver a su jefe de Estado responder preguntas en tiempo real, sin editar, sin filtro. Cuando ese espacio se apaga, no se apaga solo una transmisión. Se apaga un puente.
Es verdad que todo instrumento de comunicación, cuando se vuelve rutina, pierde filo. La Semanal nació como innovación, se convirtió en hábito y terminó mostrando desgaste. Esa es una ley vieja de la comunicación política: lo que sorprende al principio, después se normaliza; y cuando se normaliza, deja de dominar la conversación.
Pero el problema no es que el Presidente hable menos. Un jefe de Estado no tiene que vivir frente al micrófono. El problema es el momento: el país acumula temas que queman. Reforma fiscal. Apagones. Seguridad ciudadana. Presión económica. Un nuevo Código Penal bajo fuego cruzado. Cuando hay ruido en la calle y silencio en el poder, la interpretación pública suele ser implacable.
La ciudadanía puede aceptar que un presidente no responda todo. Lo que no acepta es sentir que no se le está explicando nada.
La percepción sale en chancletas
La política moderna no perdona los vacíos. Si el Gobierno no ocupa la narrativa, la ocupará la oposición, los medios, los influencers, los algoritmos, los grupos de WhatsApp de la diáspora y los ciudadanos irritados. Y cuando la conversación se llena sin dirección oficial, la verdad llega tarde, con corbata y nota de prensa, mientras la percepción ya salió en chancletas a recorrer el país y cruzando el charco antes del mediodía.
Porque hay algo que Palacio debe entender: la oposición no necesita probar que el Gobierno se esconde. Solo necesita convertir el silencio en relato. Y el relato ya está en construcción.
Abinader levantó parte de su legitimidad sobre una frase poderosa: la «caja de cristal». Funcionó porque conectaba con una demanda democrática profunda: que el poder no se esconda. Pero una caja de cristal no puede tener cortinas justo cuando llegan los temas incómodos. Ahí el cristal deja de ser transparencia y empieza a parecer vitrina.
Comunicar menos no es comunicar mejor
Desde la estrategia pura, el repliegue tiene lógica: menos improvisación, menos desgaste, menos munición gratis para el adversario. Pero hay una diferencia fundamental entre comunicar menos y comunicar mejor.
Comunicar mejor implica ordenar mensajes, fortalecer vocerías, abrir canales, responder con oportunidad y evitar que el Presidente sea el único fusible político del Gobierno. Comunicar menos, sin explicación, se lee como repliegue. Y ahí está el dilema: si el silencio es estrategia, debe explicarse; si es cansancio, debe corregirse; si es cálculo, debe calibrarse; y si es descoordinación, debe resolverse ya.
Un gobierno en segundo período no se comunica igual que uno que acaba de llegar. En el primero se vende esperanza; en el segundo se defiende el resultado. En el primero se promete cambio; en el segundo se exige cumplimiento. En el primero se perdonan tropiezos; en el segundo se cobran facturas. Y las facturas, en este país, llegan con intereses.
El Gobierno no está obligado a resucitar La Semanal en su formato original. Pero sí está obligado a decir qué la reemplaza, cuándo vuelve y bajo cuál estándar de rendición de cuentas. La transparencia no puede depender de una promesa indefinida de «modernización tecnológica». Ningún software del mundo sustituye la disposición de responder preguntas.
La palabra empeñada
Cuando un gobierno deja de explicar, otros empiezan a interpretar. Y en la República Dominicana, interpretar es el deporte nacional después del béisbol.
Abinader no está obligado a hablar todos los lunes. Pero sí está obligado a no dejar al país, ni a su diáspora sin una narrativa clara. Porque la transparencia no se mide por la cantidad de micrófonos, sino por la disposición real de responder cuando las preguntas pesan.
El Presidente que hizo de la palabra su bandera no puede permitir que su silencio se convierta en el titular más fuerte de su gobierno.
En democracia, la palabra presidencial no debe ser ruido. Pero tampoco puede convertirse en ausencia.
Porque cuando el poder se aleja demasiado de la prensa, no solo se distancia de los medios. Se distancia del ciudadano de Villa Mella que espera una explicación sobre su factura de luz. Y del dominicano de Washington Heights que, cada lunes a las 4:30, todavía abre YouTube esperando ver a su Presidente dar la cara.
Porque cuando el poder se aleja demasiado de la prensa, no solo se distancia de los medios. Se distancia del ciudadano que todavía espera una explicación.
Por Pavel De Camps Vargas
