Es el problema del gobernante que envejece en el poder, aunque conserve popularidad. Al principio, cada dificultad tiene nombre propio y explicación particular. Después de seis años, las averías eléctricas, el costo de la vida, la inseguridad, los escándalos, las obras retrasadas, las promesas pendientes y los errores de funcionarios comienzan a fundirse en una sola percepción. Ya no son episodios separados. Son Gobierno.
Llega un momento en que resulta difícil convencer al ciudadano de que las cosas simplemente ocurren. Para bien o para mal, el incumbente termina siendo propietario de la realidad.
Abinader entra precisamente en esa zona peligrosa. Le quedan dos años sin posibilidad de reelección y con una población menos dispuesta a conceder períodos de gracia. Su desafío no consiste tanto en explicar lo ocurrido como en evitar que los problemas se acumulen hasta convertirse en sensación de descontrol.
Se divisa la meta final y comienza el tramo en que cada error pesa doble. La memoria electoral olvida pronto los aciertos, pero no los yerros.
