Seguidores y artistas que mueven fronteras: así actúa la dopamina en adolescentes
m. Nieves Mira / madrid
Concierto de «Artic Monkeys» en Benicàssim, 2007 efe/Tomado de abc.es
Cada vez resulta más frecuente
leer que un grupo de fans espera durante varios meses acampado en la
puerta de un estadio de fútbol el concierto de sus ídolos; o que menores
de edad mienten a sus padres para faltar al colegio, con la esperanza
de que sus admirados les dediquen una sonrisa tras gritarles desde la
primera, tal y como ocurrió en las afueras del Vicente Calderón con el
concierto de One Direction. El «fenómeno fan» es capaz de provocar todo
esto y más; de movilizar a jóvenes a cientos de kilómetros de distancia y
que gasten sus ahorros en un espectáculo que apenas durará 90 minutos; o
en un partido que podrían ver televisado. Son figuras admiradas en
todos los ámbitos, no solo el artístico, aunque estos (actores, músicos,
pintores…) son los que movilizan a más gente. ¿Qué explica este
fenómeno? ¿Qué une a un seguidor con su ídolo? ¿Qué sería capaz de
hacer? ¿Se da más en chicas que en chicos? ¿Por qué se suele relacionar
con la adolescencia?
La palabra «fan», que proviene
del inglés «fanatic», en su acepción latina «fanaticus», significaba «un
servidor del templo, un devoto». El término ha ido evolucionando y
adaptándose. Mariana Galdós, directora y psicóloga de la Consulta
Psicológica Madrid, apunta que «cada época fabrica sus propios ídolos,
los cuales suscitan una gran admiración popular y se erigen modelos de
los valores dominantes de un tiempo».
Con el proceso que se desarrolla
al ponerse frente a una persona a la que se admira «se bloquean los
frenos cerebrales y se desinhiben los centros de control más
conscientes», señala Samuel Fernández, psicólogo del departamento de
Adolescencia en Cinteco.
La hormona del placer
El mediático Eduardo Punset
publicó en su blog que «el fan tiene un elevado sentimiento de empatía
por su ídolo y tiende a ponerse en la piel de quien admira; luego, las
neuronas espejo hacen el resto. La excitación que provocan los logros de
los admirados hace que el cerebro libere grandes dosis de dopamina, la
molécula portadora de la sensación de placer». Estas neuronas espejo son
la causa de que muchas marcas utilicen a estrellas de todos los ámbitos
(músicos, futbolistas, presentadores…) y desembolsen grandes cantidades
de dinero, para que la marca quede relacionada con estos ídolos que, en
última instancia, deseamos ser.
«Ante sus ídolos o personas
admiradas el cerebro se activa en un estado de euforia que libera
sustancias como la oxitocina, la adrenalina, etc.., si la persona no es
lo suficientemente madura para reconocer que está a punto de perder los
estribos, responde de forma desenfrenada, . Además, al sentirse arropada
por un gran grupo de iguales que comparten esa afición o gusto
desinhibe mucho más el control cerebral. Por eso hay personas que se
alteran, gritan, se desmayan, se golpean, etc.», apunta Fernández.
«Gracias a mi afición por David
Bisbal, he podido conocer gente nueva en cada concierto, formar un grupo
de amigas con las que compartir estos momentos, viajar a muchos
lugares…», comenta Rocío Sáez sobre lo que le ha aportado el formar
parte de la familia bisbalera que ha formado el cantante. «Lo que más me
gusta de él, ante todo, es su música, pero un artista se gana el cariño
de la gente con su forma de ser y de tratar al público y no sólo con
cantar bien. Mi admiración es tanto a nivel profesional como personal»,
manifiesta la joven de 22 años.
La recompensa
Sobre el grupo, concluye Punset:
«Influidos por el resto de la manada, los fans pueden dejarse arrastrar
y mostrar su faceta más oscura y no solo la más hermosa». Sin la
presencia del grupo, ciertas actitudes podrían quedar fuera de lugar y
resultar hasta ridículas, pero con su influencia se desarollan los
comportamientos histéricos compartidos que hacen de estos colectivos un
fenómeno fascinante y digno de estudio por lo que provoca.
Desireé L.P., otra seguidora
incombustible de David Bisbal, apunta sobre la experiencia de seguir a
su cantante predilecto en sus conciertos: «El hecho de disfrutar de su
música en directo, de la energía que transmite y vivirlo con mis
amistades, mi pareja…». «Los momentos que se viven en un concierto,
tanto antes, como durante o después no tienen precio», responde Noelia
Sequera, su compañera de conciertos, a la misma pregunta. Rocío,
graduada pero sin trabajo, señala: «Como no tengo ingresos, invierto lo
que mis padres me permiten o entre amigas nos prestamos el dinero hasta
que podemos devolverlo». Noelia sí que confiesa invertir hasta el 70% de
su sueldo en seguir a su cantante favorito. Estas tres «bisbaleras» no
dudan en su respuesta cuando la pregunta es sobre si les ha decepcionado
su ídolo alguna vez, y concluyen al unísono: «No. Nunca».
«El fan puede tener cualquier
edad. Popularmente lo más conocido es que se dé entre los adolescentes y
jóvenes y más en chicas que en chicos. Está relacionado con la
adolescencia, con la necesidad de buscar una identidad o alguien a quien
admirar», destaca la psicóloga Galdós.
«Con el tiempo ves cómo crece como artista y persona y su música sigue sorprendiendo»
«Es cierto que en las chicas se
da más, sobre todo porque lo expresan más efusivamente, con mayor
libertad en sus emociones y sentimientos, aunque los chicos no se libran
de este fenómeno», apunta Fernández. «Se buscan modelos en los famosos,
cantantes, futbolistas… que gozan de reconocimiento social y que
idealizamos, nos gustaría y desearíamos ser como ellos. Pero en este
proceso también ocupa un lugar relevante los medios de comunicación y la
publicidad», comenta el psicólogo.
Relación con el famoso
En esta misma línea, Jordi
Busquet, sociólogo de la Universitat Ramon Llull, apunta en su artículo
El fenómeno de los fans e ídolos mediáticos, que estos ídolos «son
motivo de emulación e imitación de adolescentes que, al vivir un periodo
crítico de transición, buscan referentes personales». «El fandom
(tecnicismo que define este fenómeno) tiene una trascendencia especial
en la época de la adolescencia, dado que el joven pasa una etapa de
transición especialmente intensa y necesita (re)afirmarse, con lo que
puede convertir a sus ídolos mediáticos en un referente en su vida».
Seguidores y artistas que mueven fronteras: así actúa la dopamina en adolescentes
j. r. ladra Acampada por One Direction
«Admiro todo de él. Tanto como
artista como persona», señala Desireé sobre Bisbal. Lo más loco que ha
hecho esta joven es gastarse «el sueldo en entradas o ir a un concierto a
otra ciudad y volver de madrugada directa para ir a trabajar».
«Dormir en la calle para luego
poder verlo en un concierto en primera fila o viajar a Londres solamente
para verlo en concierto», concluye Noelia sobre sus hazañas detrás de
Bisbal.
Para Busquet, el hecho de ser
admirador «se fundamenta en “relaciones de familiaridad -no recíprocas-
con personajes famosos” y esta relación es la que da sentido y propósito
a las actividades que se realizan dentro de la comunidad fan».
Fernandez, por otra parte, apunta a la mutua necesidad que comparten fan
y admirado entre ellos: «La persona idolatrada necesita a los
seguidores para exisitir, para ganarse la vida, y los admiradores
necesitan sus canciones, películas, goles, etc.».
Sobre el papel que deben jugar
en este enclave los padres, Galdós señala que: «Los padres deben
enseñar, educar y controlar los impulsos de sus hijos, no solo en la
niñez, sino también en la adolescencia. Es un periodo muy complicado, ya
que son casi adultos pero siguen siendo niños y, por ello, los adultos
deben continuar estando cerca para aconsejarlos».
Por otra parte, tal y como
señala Fernández, «el fenómeno fan en la adolescencia se vive de una
forma un tanto obsesiva, pero si no llega a interferir en las
responsabilidades propias de la edad y no llega a ser enfermizo ni
patológico se consideraría una afición sana, completamente “normal y
temporal”».
Fanatismo extremo: los «enfermos»
m.n.m. Como ejemplos de casos en que se puede hablar de «enfermedad» cabe citar el de John Hinkley y el de Mark Chapman. El primero intentó matar en el año 1981 a Ronald Reagan, por aquel entonces presidente de EE.UU. Su único propósito era el de impresionar a la actriz Jodie Foster. Aunque permanece bajo supervisión médica desde entonces, fue declarado no culpable por motivos psicológicos. Por otra parte, también es famoso el caso de Mark David Chapman, que asesinó en 1980 a John Lennon y cumple desde entonces cadena perpetua.