A diario agonizaban con los gastos fijos y variables, ante los pocos ingresos mensuales que entraban al hogar. Ella estaba desempleada, con tres adolescentes que no llegan a 15 años. El esposo tenía un trabajo en donde devengaba 15 mil cada mes, pero se esfumaba con las deudas y réditos a prestamistas.
Al esposo lo cancelaron del trabajo por inconvenientes con sus jefes. Una noche, ella y él socializaron un simple negocio. Decidieron poner una “Picalonga” frente a su casa.
Gestionaron equipos, lo promocionaron en las redes sociales, pusieron énfasis en buen servicio, calidad, higiene y precios asequibles.
Cada tarde noche su negocio es un lleno. Sus hijos ayudan en ello a sus padres. Aseguran les está yendo muy bien. Como escribió Don Francisco de Quevedo en su obra “La Vida del Buscón”: ‘No cambia de estado quien cambia sólo de lugar y no de vida y costumbres’.
